El oro siempre se ha cruzado con muchos adversarios en su camino. No vamos a explicar aquí las condenas de las que el oro ha sido víctima, por ejemplo, por parte de Thomas More o Montesquieu. Pero sí recordaremos una frase de Cambon: “El oro es puro estiércol.” En este artículo describiremos la postura de filósofos, economistas y hombres de Estado que en los siglos XIX y XX han estigmatizado o defendido este metal amarillo.
Los socialistas no presentan un frente común, y sus actitudes son contradictorias. El más fogoso de ellos es Proudhon: “El oro”, asegura, “es el talismán que congela la vida en la sociedad, que entorpece la circulación, que mata el trabajo y el crédito, que somete a todos los hombres a una esclavitud mutua”.
Para Marx y los marxistas, un poco más moderados, el oro tiene valor únicamente por el trabajo, pero el oro es una “encarnación del trabajo social”, y su función monetaria es normal. “Por su naturaleza, el oro y la plata no son moneda, pero la moneda es oro y plata por su naturaleza”. Podemos creer que a Marx le interesa esta fórmula que anuncia por primera vez en su Crítica de la economía política. Y la vuelve a mencionar en El Capital. Además, Marx está al tanto de los fundamentos religiosos del oro monetario. “Es la divinidad manifestada.”
Lenin proclama abiertamente su desprecio hacia el oro: “Cuando hayamos triunfado en la escala mundial, con el oro construiremos letrinas públicas en las calles de algunas de las ciudades más grandes del mundo”. Sólo que, como el triunfo anunciado se hace esperar, hay que transigir con las realidades capitalistas. Cuando vivimos entre lobos, estamos obligados a aullar con ellos. “Por el momento”, reconoce Lenin (en 1921), “nuestro debe es cuidar las reservas de oro de los soviéticos”. Stalin, como todos sabemos, va mucho más allá: le apasiona el oro y su extracción minera.
Hitler y los nacionalsocialistas tienen una vehemencia totalmente opuesta. Hemos respetado sus apóstrofos al tratar sus tesis sobre el patrón trabajo. “La moneda sin oro”, afirma el Führer, “tiene más valor que el oro”. Sus discípulos comentan y van aún más allá. « El oro”, afirma el Dr. Funk, ministro de economía y presidente del Reichsbank, « ya no desempeñará ningún papel como patrón de las monedas europeas, ya que la moneda no depende de su cubierta sino del valor que le da al Estado… Nosotros jamás aplicaremos una política monetaria que nos rinda tan poco que quedemos debiendo dinero del oro, ya que no podemos aceptar un medio de pago del que no podamos fijar su valor nosotros mismos.” » El Deutsche Volkswirtschaft explica: “A la población le resulta totalmente indiferente saber cuánto oro hay en el Reichsbank (la realidad es que no hay…). El pueblo no se pregunta: ¿cuánto cuesta el oro? Sino: ¿cuánto cuesta la mantequilla, el pan y los huevos?” Ernst Wagemann, presidente del Instituto Alemán de Investigaciones económicas, anuncia « el destronamiento definitivo del oro ». En Bélgica y Francia, durante la ocupación, colaboradores diligentes propagan la “palabra de dios”: « ¿El oro sigue siendo un metal precioso? Ya no pagamos con oro, y ni siquiera queremos que nos paguen con oro. A partir de ahora, el oro es un dios muerto. El mito del oro se ha derrumbado totalmente. El oro ya no es rey.” Todas esas palabras habrían tenido más peso y serían más creíbles si, como ya lo mencionamos, Alemania no hubiera procurado arrasar con el metal por todos los medios.
El adversario más serio del oro es un economista del ámbito capitalista y “plutocrático”: John Maynard Keynes. Antes que él, el oro era objeto, sobre todo, de sarcasmos u ocurrencias sin consecuencias, en especial entre los anglosajones: “¿No es absurdo », expresó Edison, « tener como patrón de los valores una sustancia cuya única utilidad real es dorar los marcos de los cuadros y rellenar los dientes rotos? » El novelista George Meredith se ha burlado de los maniáticos del oro: “La pasión por el atesoramiento es sólo una picazón ciega de los dedos.” Pero Keynes no se contenta con las chanzas. Analiza y condena: “¿El patrón oro? “Jamás se ha inventado en toda la historia un sistema más eficaz para que los intereses de las diferentes naciones se levanten unos contra otros. ¿El culto del oro? Son “los restos de la barbarie”. Keynes adhirió de buena voluntad a la moneda que se funde, que ha imaginado el austríaco Silvio Gesell. En Bretton Woods, como ya sabemos, recomienda el “bancor”, una moneda internacional que sustituiría al oro.
Dogma obsoleto, reliquia bárbara, dice Keynes del oro. “Viejo fetiche”, confirma Franklin Roosvelt. Muchos economistas, por su parte, desaprueban el patrón oro porque las cantidades de metal disponible no creen que respondan a las necesidades económicas. Y se preguntan seriamente: ¿el oro no se hará demasiado raro? Otros se preocupan por las razones opuestas: ¿el oro no se hará demasiado abundante?
La amenaza de una hambruna de oro perturba al sueco Cassel, que teme una deflación crónica; el geólogo francés Louis de Launay, que (en 1907) piensa que la producción del oro va a “alcanzar un máximo quizás difícil de seguir manteniendo”; el inglés Kitchin, que (en 1922) considera que el Rand ha llegado a su punto máximo; la delegación del Oro del Comité Financiero de la Sociedad de las Naciones, que afirma (en 1930) que la extracción del oro comenzará a caer a partir de 1933; el ingeniero-asesor de la Unión Corporación, que pronostica (en 1940) una disminución de la producción sudafricana a partir de 1943, y un rápido retroceso después de 1950; el Dr. Kavanagh, geólogo norteamericano, que profetiza (en 1967) una profunda caída de la producción del oro, hasta llegar a 150 toneladas en el año 2000.
La amenaza de una superabundancia de oro aparece a diario como algo igualmente probable. “Dentro de no mucho tiempo”, señala la B.R.I. (en 1934), “el mundo podría tener que remediar una abundancia de oro que superara lo que este metal jamás haya producido en la memoria del hombre”. El miedo a una plétora resurge cada vez que un nuevo descubrimiento vuelve a lanzar la producción. Se experimenta preocupación por los aportes de Orange, por las minas siberianas. Todos se preguntan si el oro ruso no va a sumergir los mercados occidentales, si el oro sintético no va a arruinar al oro natural, si los hombres no van a descubrir demasiado oro en la luna, etc.
Los acontecimientos se encargan de responder a estos miedos variados: el oro no corre el riesgo de escasear, siempre se encuentra más cada vez que se necesita. El oro no corre el riesgo de ser sobreabundante: los rusos no tienen ningún interés de hacer bajar las cotizaciones, el oro de síntesis y el oro del espacio siguen teniendo un precio de coste que no podrá jamás competir con el oro nativo.
Pero el metal precioso también tiene sus abogados defensores de calidad en algún lugar de los países anglosajones, que en general son están más abiertos a la acusación que al alegato. El Dr. Schacht saca a relucir lo que tanto adora: “El oro constituye un poder de compra calculado de manera uniforme y aceptado por todos los pueblos del universo. Es completamente imposible instaurar una moneda con base exclusivamente estatal que fuera apreciada y aceptada de igual modo.” Con un poco más de humor, Bernard Shaw explica la superioridad del oro: “Hay que escoger”, explica: “entre confiar en la estabilidad natural del oro y confiar en la estabilidad natural de la honestidad y la inteligencia de los miembros del gobierno. Con todo mi debido respeto hacia esos dignos personajes, os recomiendo encarecidamente votar por el oro.” Es el mismo tema que desarrolla el italiano Luigi Einaudi: “En lugar de confiar en el oro, la gente ahora reverencia al experto, al hombre de Estado. Este nuevo culto es una planta frágil si lo comparamos con el anterior. ¿Acaso los pueblos aceptarán por mucho tiempo ser regidos en los asuntos monetarios por otros hombres? ¿El gobierno en manos de los sabios no es acaso un gobierno arbitrario? ¿Acaso la sabiduría no ha sido a veces eclipsada por la locura?”
Como no podría ser de otra manera, los más fervientes defensores del oro pertenecen a Sudáfrica, que produce mucho metal, y a Francia, que lo atesora con perseverancia. Entre los sudafricanos, el Dr. Busschau, y más tarde el Dr. Havenga y el Dr. Diedrich se han convertido en los portavoces de quienes reivindican la revalorización del metal. Entre los franceses, Charles Rist se alza contra el argumento que sostiene que el oro podría ser fácilmente reemplazado, ya que es inútil. ¿Para qué sirven los tesoros encerrados en el Museo Británico, en el Louvre o en el Vaticano? Las cosas que más valor tienen, según Rist, son las que no sirven para nada.
Después de Charles Rist, y con una constancia jamás desmentida, Jacques Rueff no se contenta con defender el oro y su revalorización. Y ataca. En su opinión, el patrón oro es “el pecado monetario de Occidente”. Denuncia con él los subterfugios por los cuales Washington está llevando al mundo al desequilibrio y la inseguridad.
Y sin duda recordaremos las opiniones espectaculares del general de Gaulle: “Es indiscutible que, incluso hoy día, ninguna moneda sirve si no es por relación directa o indirecta, real o supuesta, con el oro. El general promueve un escándalo. ¿Cómo puede ser que él, que ha denunciado como una antigüedad a las lámparas de aceite y los barcos de la marina a vela, puede opinar sobre el oro y el patrón oro? ¿Por qué no volver a la moneda “cauri”?, pregunta un alemán. Quizás porque son antigüedades que no envejecen, y porque el oro fetiche, como el oro moneda, es muy anterior al cauri.
René Sédillo