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REPORTAJE SOBRE LOS « ZAMA-ZAMA » DEL ORO EN SUDAFRICA

juin 20th, 2012

Si la cotización sube; los ladrones están a la orden del día.

Los explotadores sudafricanos se enfrentan a una competencia cada vez más feroz: los zama-zama, a menudo antiguos mineros regulares, que les roban el metal precioso en condiciones extremas.

Foto de Arnaud Thierry

EMPIEZA EL RELATO:

“Las pesadas puertas se cierran, la jaula oxidada se sacude estrepitosamente, y nosotros comenzamos a sumergirnos en la oscuridad. Los zumbidos nos atraviesan las orejas mientras que la temperatura y la humedad se hacen cada vez más opresivas. No menos que 84 caras negras se apilan en tres niveles. Después de un descenso interminable, el ascensor se queda quieto “#DRD Blyvoor, nivel 15, 1783,08 metros” se puede leer en un letrero verde. Bienvenido al décimo quinto nivel de la mina Blyvoor, explotada por la empresa minera DRD Gold, a casi 1,8 kilómetros bajo la superficie de la Tierra. Los hombres se montan luego a bordo de pequeños vagones (donde se apiñan hasta una decena en cada uno de ellos) y luego aún tienen que caminar un rato sobre fragmentos de roca filosos antes de llegar a su lugar de trabajo. Allí, los haces luminosos que emanan de sus cascos barren la oscuridad y revelan la presencia de hombres doblándose sobre paredes destripadas en medio del estruendo de martillos y picos. Más allá de la zona iluminada comienza el territorio de los ladrones de oro. En los muros, hay signos que indican el camino a los iniciados, que penetran en el inmenso laberinto de galerías.

Se estima que el subsuelo sudafricano encierra unas 36.000 toneladas de oro, es decir, un tercio de las reservas mundiales aún no explotadas. Pero la gran época de las minas sudafricanas se encuentra en decadencia. En 1970 el país representaba más del 70% de la producción mundial de metal precioso, y hoy representa menos del 10%.

Las minas más profundas del mundo se encuentran en los alrededores de Johannesburgo. Su explotación es un combate permanente, un abismo que devora energía y material. Los sistemas de climatización cuestan fortunas. Sólo la rentabilidad económica de estas operaciones puede justificar esas condiciones de trabajo, según explica Chris Miller, representante de la empresa aurífera Gold Fields.

Los “zama-zama” al acecho

En el mes de septiembre, el precio de la onza de oro rozaba los 1.900 dólares, es decir seis veces más que su valor de hace diez años. A este precio, el oro ya no les interesa solamente a las empresas sino a todo tipo de bandoleros. Ubicada en la provincia de Gauteng, la mina Blyvoor remueve unas 80.000 toneladas de tierra por mes, de donde se extraen cerca de 300 kilos de oro. En total, eso representa 3,6 toneladas por año, es decir casi el 2% de la producción nacional. La galería no tiene más que 1,50 metro de alto, para “limitar el material necesario estrictamente al mínimo”, explica Hennie-King, uno de los responsables de DRD Gold. Incluso el fango que recubre el suelo contiene oro: entre 3 y 4 gramos por tonelada, es decir un poco menos que los 4,5 gramos de oro por tonelada de tierra.

El equipo de la mañana cava y hace saltar los bloques de tierra que los equipos de la tarde y de la noche hacen subir a la superficie. Los vagones vuelcan la tierra sobre un transportador que la reparte sobre bandejas horizontales que la llevan a la superficie. En uno de los volquetes, una mano ha trazado con pintura roja las palabras “zama-zama” en letra de imprenta.

La expresión proviene del idioma zulú y significa algo así como “los que buscan su destino”. También es el nombre que se les da a los ladrones de oro que operan en las minas más profundas y más peligrosas de Sudáfrica. A cientos de metros bajo tierra, extraen el oro con sus propias manos. Son en general hombres jóvenes que sueñan con hacerse ricos. Son miles en el Estado libre, y la ciudad de Welkom es su feudo.

Una larga silueta demacrada se desliza discretamente en una casa destartalada del pueblo de Thabong, nuestro punto de encuentro en Welkom. Con la cara en parte oculta por su turbante, el hombre es visiblemente desconfiado y usa gafas de sol. Hace sólo pocos días que volvió a la superficie. Prefiere mantenerse discreto. “Sin nombre, sin foto”, exige antes de empezar.

Este zama-zama vuelve de pasar un tiempo bajo tierra con otras nueve personas, La mayoría son antiguos mineros que conocen el oficio. Les sucede de pasar semanas, a veces meses, bajo la tierra. El trabajo les rinde bastante, pero también pagan su precio por ello.

PEPITAS EN SUIZA

Los zama-zama se aventuran allí donde los demás mineros no se atreven a llegar. Hacen saltar la roca sin medidas de seguridad y trabajan sin sistema de aireación o de climatización en galerías donde la temperatura puede llegar a los 50°C. No tienen suficiente agua para limitar las nubes de polvo y trabajan en medio de una atmósfera de mercurio que penetra la piel y las vías respiratorias. Al cabo de algunos días bajo la tierra, se pierde toda noción del tiempo, explica el hombre. Muchos se vuelven locos en esas condiciones de pesadilla.

Los ladrones de oro existen desde el comienzo de la industria aurífera. Cada dos años, las empresas como Gold Fields realizan entrevistas individuales y someten a sus empleados al detector de mentiras para desenmascarar a los eventuales ladrones. Es difícil calcular las cantidades de oro robadas o extraídas ilegalmente. El gobierno calcula que el monto de los robos es de 617 millones de euros, es decir, el 10% de la producción anual nacional. Nuestro interlocutor va develando cada vez más: “Podéis llamarme Peter, si os place”, nos dice súbitamente antes de proseguir. “Hay menos gente en las galerías durante la noche y justo antes de las explosiones”. Es en ese momento que los zama-zama se proveen de material y de explosivos. “No los robamos, simplemente los usamos sin pedir autorización”, explica con una sonrisa.

Antes, los ladrones se conformaban con partes de minas abandonadas, pero en la actualidad también están presentes en las secciones en explotación. Una vez bajo tierra, es prácticamente imposible encontrarles en ese laberinto de galerías de varios miles de kilómetros. El oro se trabaja directamente en la mina. Los intermediarios se encargan de proporcionar las herramientas y máquinas en las galerías y de revender el oro puro en la superficie. Peter no sabe en qué se convierte su botín.

La mayor parte del tiempo, ese oro pasa por Swazilandia y Mozambique antes de llegar a India o a China. También aterriza en Suiza, afirma Dick Kruger, de la Cámara de Minas. ¿Cómo saberlo? Gracias a los métodos de rastreo sobre las partículas finas, que permiten identificar la zona, el método de extracción e incluso quizás la mina de donde proviene el oro. Sin embargo esto no sirve de mucho, reconoce Kruger: “eso nos da el punto de partida y de llegada del oro, y quizás el recorrido”.

Cuanto más sube el precio, más florece la actividad de los ladrones. En 2008 Peter permaneció seis meses seguidos en la mina. Volvió a subir el 25 de julio: “una fecha que nunca voy a olvidar”. Seis meses de labor en la oscuridad y en el horno para obtener unos 1.680 euros. Hoy, podría ganar 4.800 en el mismo período. Peter se vuelve a colocar sus gafas de sol y sonríe. Algo es seguro: va a volver a descender en la mina”.

Un reportaje de Brigitte Reisenberger , periodista y coautora del libro: “El libro negro del oro. Ganadores y perdedores de la nueva fiebre del oro”.