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El oro en la mitología: El vellocino

juin 19th, 2011

La mitología clásica posee muchas historias atrapantes y fascinantes, una de las más conocidas es la del vellocino de oro.

Cuenta la historia que el rey de la ciudad de Orcómeno en Beocia, Atamante, tomó por esposa a la diosa nube Néfele con quien tuvo dos hijos (Hele y Frixo). Tiempo más tarde, se enamoró y se casó con Ino, la hija de Cadmo.

Ino sentía muchos celos de sus hijastros, por lo que planeó matarlos. Intentó convencer a su marido que el sacrificio de Frixo sería lo único que sacaría al reino de la crisis que atravesaba. Néfele, entonces, envió un carnero alado de oro. Frixo y Hele montaron en el carnero, cuyo nombre era Crisomallo, y de esta forma lograron escapar de la celosa madrastra.

Como buena historia mitológica, la tragedia no podía estar ausente. Es entonces que en plena huida, mientras sobrevolaban el océano, Hele cayó del carnero y murió ahogada. Dicen quienes saben, que el lugar de la fatalidad fue denominado Helesponto, en honor a la niña. Cuando llegaron a Cólquide, Frixo sacrificó a Crisomallo en honor a Zeus, lo desolló, y colgó la zalea dorada de un roble en honor a Ares. Un dragón y dos toros que largaban fuego por la boca serían los encargados de custodiar la piel de oro.

El vellocino de oro mitológico

Tiempo más tarde, dispuesto a recobrar el trono que por linaje le correspondía, un joven llamado Jasón se presenta ante el rey de Yolcos, que no es otro que su propio tío Pelias (que había derrocado al padre de Jasón), y le solicita que cumpla con los designios que lo reclamaban como soberano de las tierras. Pelias decide mostrarse benévolo con su sobrino, y le responde que sólo le solicitaba que le trajera el vellocino de oro que se hallaba sobre un roble en la región de Cólquida. Una vez que trajera la zalea áurea, el trono sería suyo. No resulta difícil darse cuenta que Pelias confiaba demasiado en las bestias que custodiaban la preciada pieza.

Jasón comenzó a organizar la travesía, para lo cual recibió ayuda de su tutor, el centauro Quirón. Una vez que la nave estuvo construida, la bautizó “Argos”, y entre sus tripulantes, que fueron conocidos como “argonautas”, se destacaban Heracles y Orfeo. Este último no remaba, sino que era quien se encargaba de marcar el ritmo de los remeros. Por ser el único iniciado en los misterios de Samotracia, era el encargado de pedir protección a los Cabiros (dioses menores protectores de los marineros), por lo que ejerció como sacerdote de los argonautas.

El periplo duró largo tiempo, tuvieron que luchar con gigantes de seis brazos, para lo cual, las artes de Heracles fueron más que útiles. Cuando llegaron por fin a su destino, Jasón, se presenta ante Eetes, rey de Cólquide y le explica sus propósitos. Eetes le impone dos condiciones para entregarle el vellocino de oro: debería poner bajo el mismo yugo a los dos toros que arrojaban fuego, que habían sido regalados por Hefesto al rey, y después, debería arar con ellos un campo y sembrar en él los dientes del horrible dragón que protegía la zalea de oro.

Mientras pensaba qué responder al soberano, Jasón preocupado ante tamañas solicitudes, recibe la visita de Medea, hija del rey, que también era hechicera, y que había sido flechada por Eros, por lo que había quedado enamorada de Jasón.

Medea ofreció su ayuda a Jasón a cambio de que éste se casara con ella y la llevara a Grecia. El líder de los argonautas había recorrido un largo camino para llegar hasta allí, y necesitaba realmente el vellocino de oro, pero no estaba enamorado de Medea. Sin embargo, aceptó. La princesa hechicera le dio un ungüento gracias al cual ni el fuego ni el hierro le dañarían durante un día, con lo que tenía resuelto el primer inconveniente.
Respecto al dragón, le dijo que de sus dientes saldrían soldados que intentarían matarlo, pero que resolvería el problema lanzándoles una piedra porque se pondrían a luchar entre ellos por ver quién había sido el culpable.

De esta manera, Jasón pudo cumplir el pedido de Eetes. Sorprendido, pues no creía que el joven lograra el cometido, el rey planeó deshacerse de los visitantes, ya que no estaba dispuesto a entregarle el vellocino. Jasón tuvo conocimiento de que el soberano planeaba quemar la nave Argos con todos sus ocupantes dentro, así que durmió al dragón que protegía su preciado tesoro (de nuevo con ayuda de Medea) y escapó.

El paño grueso y suave de oro de Jason

Cuando el rey de Cólquide supo lo ocurrido, persiguió al Argos en su huida, a través del río Istro (actual Danubio). Conocedora de las reacciones de su padre, Medea había previsto sus movimientos, por lo que había matado y descuartizado a su hermano Apsirto, aún niño, y fue arrojando sus trozos para que su padre tuviera que recogerlos. Esto le permitió ganar tiempo a la nave de los Argonautas.

Zeus se irritó enormemente por la muerte de Apsirto y condenó al barco a perder su ruta. La única que podía ayudarlos era la tía de Medea, la maga Circe, quien podría purificarlos luego de lo que habían hecho, para poder aplacar la ira de los dioses. Llegaron, pues, a la residencia de Cirse, en la actual Italia, quien les ayudó, aunque se negó a acoger a Jasón en su residencia.

Poco después, y de regreso a Grecia, tuvieron que pasar por la morada de las Sirenas, para lo cual debieron sortear el embrujo del canto de estos seres que volvía locos a los marineros, hasta que perdían el rumbo, y estrellaban las embarcaciones contra las rocas. Orfeo fue el encargado de entonar las melodías que taparían los cantos de las sirenas.

De regreso en Yolcos, Jasón se convierte en rey y cumple su palabra casándose con Medea. Tiene dos hijos con ella, pero acaba repudiándola para casarse por segunda vez, ahora con una princesa de Corinto. Medea, en venganza, mata a sus hijos y se los da a comer a Jasón, camuflados en un guiso.

Múltiples interpretaciones se han hecho de este mito, entre las que se cuentan: el crecimiento de la economía griega de la mano la llegada de la ganadería (por el carnero de oro), o la manera en que extraían oro los griegos en la zona de Georgia, al este del Mar Negro, para lo que usaban zaleas de oveja que sumergían en las aguas del río para capturar las pepitas de oro que bajaban desde los placeres río arriba. Luego colgaban los vellocinos de los árboles para que se secaran, y entonces los peinaban para desprender el oro.