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El Mundo del Oro

mai 26th, 2011

El Dorado

Un millón de dólares en oro tiene todo el aspecto de un cojín amarillo para ir destinado a un taburete y, ciertamente, su volumen no abulta más que un cojín de estas dimensiones.  Porque son ochenta barras, ni una mas ni una menos, cada una de ellas de un pie de longitud, relucientes en su estuche de madera, sin exceder, en conjunto, a los dos pies de altura.  Casi parece una broma.

Pero, como dijo una vez Disraeli en la Cámara de los Comunes, ha sido el Oro, más que el amor, lo que ha sacado de quicio a los hombres.  Hace más de seis mil años que hombres y mujeres luchan, mueren, cometen toda clase de fraudes, caen en la esclavitud por su causa.

Conseguid Oro”, escribía en 1511 el rey Fernando de España a sus hombres en América del Sur, < valiéndoos de medios humanos si os es posible pero, sea como fuere, conseguid Oro>.

Era el Oro arrancado a las minas en condiciones tremendamente penosas, lo que alimentaba las civilizaciones del antiguo Egipto y de Roma.  <No existe miramiento alguno, ni se da tregua al enfermo ni al lisiado, al anciano ni a la debilidad de la mujer, -escribía el historiador Diodoro en el siglo II a. de J.C,- todos están obligados a trabajar en su labor hasta que mueren, agotados por los padecimientos y la fatiga>.

En la memorable conferencia de prensa que concediera el general Charles de Gaulle en febrero de 1965, decía:

<No puede haber más criterio, más canon que el Oro.  Sí, el Oro, que nunca cambia, que puede moldearse en lingotes, en barras, en monedas, que no tiene nacionalidad y que es eterno, universalmente aceptado como valor fiduciario inalterable por excelencia>.

Por supuesto y, como es lógico, resulta absurda la avidez de Oro, como muy bien ha señalado el profesor Robert Triffin de la Universidad de Yale: < Nadie podría imaginar despilfarro más absurdo de energías humanas que el de ir a extraer Oro en los rincones más distantes de la tierra con el único propósito de transportarlo y volverlo a enterrar inmediatamente en otros profundos agujeros, excavados ex profeso para recibirlo y celosamente ocultos para protegerlo>.  Pero cuando de Oro se trata, priva más la emotividad que la lógica.

Lo que John Maynard Keynes calificaba de <bárbara reliquia>, sigue tenazmente aferrado en el corazón de los hombres.  Sigue siendo el único medio de intercambio universalmente aceptado; el método definitivo por el que una nación – ya sea capitalista o comunista – ventila las deudas que tiene contraídas con otra.  En tiempo de guerra puede convertirse en el puntal básico del sino de una nación.

Italia en 1936, hizo un desesperado llamamiento a todas las mujeres del país para que entregasen  sus alianzas matrimoniales al Gobierno a fin de ayudar a éste a costear la guerra de Abisinia.  La India hacía parecidas súplicas (sin gran éxito), a los acaparadores de Oro en ocasión de la invasión China de 1963 y de la guerra con Pakistán en 1965.

Esta importancia que los banqueros conceden al Oro, como bastión esencial de la riqueza de una nación, se ve superada con creces por hombres insaciables que, individualmente en todo el mundo, tienen al Oro por áncora de salvación contra la desvalorización, la inseguridad del valor monetario y los azares de la guerra.  La desvalorización de la libra esterlina de noviembre de 1967 provocó una adquisición precipitada por parte de acaparadores y especuladores privados, que querían con ello ponerse a cubierto contra una posible desvalorización del dólar y por temor a que fueran suspendidas las transacciones del mercado del Oro.

La China comunista ha sido, desde 1965, uno de los más importantes compradores aislados de Oro con que cuenta el mercado londinense, y pese a la fanática campaña anticapitalista de los Guardias Rojos, hace gala de un entusiasmo  hacia el Oro sólo igualado por Charles de Gaulle.

Quizá se deba a que hayan leído a George Bernard Shaw, cuyo consejo con respecto al Oro, tan profusamente citado, era del todo inequívoco.  En su obra “The Intelligent Women’s Guide to Capitalism and Socialism”, escribía:

Usted como votante, debe optar por confiar en la natural estabilidad del Oro o en la honradez e inteligencia de los miembros del Gobierno.  Y con el debido respeto que tales caballeros merecen, yo le aconsejo que, mientras dure el sistema capitalista, vote usted por el Oro>.

Extraído del Libro: “El Mundo del Oro” de Timothy Green

Por: Lizette Paternina